Certidumbre, Pertenencia y Antagonismo del Relato Político

El relato político es uno de los términos más usado, buscado y leído en los últimos años. Que falta, que es malo, que no tiene épica, que está mal presentado.

El relato consiste en la peor o mejor capacidad de contar mi contenido.

En él confluyen, por tanto, dos partes: el contenido, que debe ser lo que queremos contar y se refiere a nuestra historia/cuento que deseamos transmitir de la mejor forma a quienes pretendemos convencer; y la forma, que se refiere a la estructura, tiempo, canal, y, sobre todo, estilo con el cual queremos contar nuestro contenido.

El relato nace a propósito del hecho ineludible que somos contadores de historias, así como otro factor fundamental, que es que nos gusta escucharlas.

Una historia bellamente contada impacta más que una que no tiene sentido, estructura ni emoción. Un cuento que es capaz de generar reacción, sea por su creatividad, belleza o sentimiento supera con creces al artículo cuyo contenido podrá ser potente, pero su expresión aburrida.

Lo anterior no significa que la preponderancia sea la forma. Al menos, así debería ser. En contra para este argumento surge toda la larga serie de elementos en redes sociales o nuevas tecnologías que nos muestran como la forma adquiere un espacio inusitado en la lucha por el convencimiento.

Pero eso no es relato. El relato es estrategia, no el producto final de una pieza gráfica. Transmite objetivos, incluso identidad de un determinado proyecto político. Eso no se hace a través de un tuit o una foto de Instagram. Dichos elementos pueden ser una contribución enmarcada dentro del relato, pero no el relato final.

El relato apunta a la pertenencia. Provoca sentimientos en torno a un colectivo. Genera sentirse representado, identidad con un determinado contexto. De lo contrario, el relato es vacío y por lo tanto no cumple con su función de persuadir. Asimismo, en tiempos actuales, el relato contribuye a generar certidumbre. El miedo a lo desconocido no está ajeno al mundo de la política, y en tiempos de cambio constante, dudas respecto de la democracia y las instituciones, anhelos por tiempos mejores y añoranzas de tiempos antiguos, el relato resulta la búsqueda de entregar certidumbre ante los miedos del animal político.

En política -y lo hemos aprendido con los años- muchos elementos, tendencias e incluso conceptos no existen si no tenemos el relevante proceso de la explicación. Yo, ciudadano, necesito de una épica, relato o explicación que me convenza y empuje a una pertenencia en materia política. Lo contrario lleva a sentirse fuera del sistema, con el consiguiente detrimento del mismo.

Pero el principal problema del cual puede adolecer un relato es la exacerbación del antagonismo. A propósito de buscar certidumbre y crear pertenencia, el relato provoca también la división entre buenos y malos, entre otros y nosotros. El “eje del mal” creado por Estados Unidos es un ejemplo contemporáneo. El relato que se efectúe no debe olvidar que la incertidumbre y la falta de pertenencia no se pueden solucionar a través de la deslegitimación del rival.

Desarrollar esta falta de legitimidad del otro solo lleva a un conflicto profundo y una ausencia de respeto, que, mirado en prospectiva, termina por socavar precisamente a la sociedad política que el relato desea conquistar.